Cosmogonía

Una persona de su talla y condición no podría limitarse a un reflejo emocional, personal, pegado a esta vida, que dejase un regusto sentimentaloide. Eso, por supuesto, debía estar ahí, como si dijéramos el Dalí humano. No hay por qué negarlo ni obviarlo, pero de Salvador Dalí se espera mucho más, y nunca defrauda.

Era necesario dejar constancia de su visión del mundo, del cosmos, del universo, de la vida. Una tarea ardua, impensable para la mayoría; un deber para los genios, ésos que, como decía Eliphas Leví, “difieren de los simples videntes por la facultad que poseen de hacer sentir a los demás hombres lo que ellos ven y hacerse creer por entusiasmo y por simpatía”.

 

Newton, Plaza de Dalí

 

 

Hay varios estudios que detallan más el asunto, como “Apuntes sobre la Estatua de Dalí”, de JAAD/SP, “Mitología del Dolmen de Dalí”, de Diego Segura, o “El Templo de Neptuno de Dalí”, de JAAD/SP, pero vamos a resumir aquí los rasgos principales. En primer lugar hay que recordar que Salvador Dalí había seguido estudios y disciplinas esotéricos, y que su faceta mística, mitológica y cabalística se había expresado en multitud de obras. Cabe recordar que diseñó un Tarot, los huevos que coronan su Casa-Teatro, o las hogazas que adornan la fachada de la misma, que podría por ello ser denominada “La Casa del Pan”. Tampoco desdeñó el conocimiento científico, del cual era un ferviente admirador. Con todo éso compuso un todo coherente, y lo explanó de forma admirable. Independientemente de que se compartan o no sus tesis, es innegable la capacidad de representación simbólica, el grado de síntesis alcanzado y el dominio de la técnica al servicio de ideas tan complejas, que manejaba como pocos.

 

 

Su cosmogonía está animada por los principios emanativo y evolutivo, tanto en lo físico como en lo mental, emocional y espiritual. El caos primordial, etéreo, representado por la piedra superior del dolmen, baja por los pilares de la manifestación hasta la realidad sustancial del suelo. Desde ahí se expande por el universo físico, en un big bang cósmico –los rayos y círculos-. De esa materia prima se concretan, primero los minerales –el cubo-, y pasando por el reino animal –esa pierna/aleta/anca-, se llega a la humanidad.
Por fín, la persona sigue caminando, evolucionando, a pesar de sus limitaciones –el pie partido-. Su trabajo tiene recompensa –las esferas-, y consigue un estado de consciencia de unión con la divinidad, representada por la cabeza en forma de Huevo, símbolo universal del Absoluto Creativo.

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